Tus pensamientos, tus creencias y tus emociones te hacen más daño que tus peores enemigos.
Aprende a dominarlos o serás sometido por ellos.
Domingo, once de la noche. Te llega un correo de tu jefe con una sola línea: “Mañana a primera hora hablamos”. No dice de qué. Todavía no ha pasado nada y en tu cabeza ya has perdido el trabajo, piensas que no podrás pagar el alquiler y que te quedarás en la calle. El lunes resulta que quería felicitarte por un proyecto. Pero tú la noche ya la habías perdido.
Ese insomnio no te lo provocó el correo. Te lo provocó lo que tú te contaste sobre el correo. Hace casi dos mil años un esclavo cojo lo dejó escrito en una frase que debería enseñarse en el colegio antes que las tablas de multiplicar: “Lo que inquieta a los hombres no son las cosas, sino las opiniones sobre las cosas” (Epicteto, Enquiridión, 5).
Hoy la ciencia estudia el efecto placebo y su gemelo oscuro, el efecto nocebo: lo que crees que te va a pasar cambia cómo te encuentras, y a veces cambia tu salud. Los estoicos no tenían laboratorios, pero llegaron a la misma intuición por otro camino. Lo llamaban el uso correcto de las representaciones, y pensaban que había que entrenarlo cada día, igual que se entrena un cuerpo.
Este artículo no pretende ser una enciclopedia. Es un mapa para quien quiere vivir mejor y no solo saber más, porque acumular filosofía no es lo mismo que practicarla. Vas a ver qué es el estoicismo, de dónde viene, qué enseña, quiénes fueron los estoicos, qué ejercicios hacían cada día y cómo puedes empezar esta misma semana.
¿Qué es el estoicismo?
El estoicismo es una escuela filosófica fundada por Zenón de Citio en Atenas hacia el año 300 a. C. Enseña que la felicidad depende de tu carácter y no de lo que te pasa, que la virtud es el único bien verdadero y que la libertad empieza cuando distingues lo que depende de ti de lo que no. Para los estoicos esto no era una teoría para ganar debates de cara a la galería, para ellos era mucho más importante lo que sucedía dentro de uno mismo y la imagen que se tenía de uno mismo por encima de la imagen de los demás. El estoicismo era una forma de vivir que se entrena a diario a través de cómo juzgas todo lo que te ocurre, en lo que deseas y cómo tratas a los demás.
Hay una manera de leer a los estoicos con la que simpatizo bastante de entre todos los expertos y analistas de la misma, que se la debemos a Pierre Hadot. Hadot (1922-2010) se ordenó sacerdote, colgó los hábitos y acabó ocupando en el Collège de France la cátedra de historia del pensamiento helenístico y romano. Pasó media vida leyendo los textos antiguos en su lengua original y llegó a una conclusión que incomodó a muchos colegas: para un griego o un romano, la filosofía no era un sistema de ideas. Era una manera de vivir. Las escuelas no formaban expertos, formaban personas. Y los textos que nos han llegado no son tratados para leer de corrido, sino herramientas de trabajo, ejercicios pensados para transformar la mirada de quien los practica. Hadot fue quien inspiró a muchos de nosotros a recuperar el mensaje de los filósofos estoicos, el de “no cuentes tu filosofía, vívela”, que se aleja de la academia y de la doxografía (de la que tienes un artículo en esta web).
Hadot los llamó ejercicios espirituales, y aclaró que lo de “espiritual” no tenía nada de místico. Comprometían al pensamiento, a la imaginación, a la sensibilidad y a la voluntad. A la persona entera.
Séneca lo había dicho a su manera: “La filosofía no está en las palabras, sino en los hechos” (Cartas a Lucilio, 16, 3). Y en otra carta le confiesa a su amigo algo que ningún gurú se atrevería a prometer: “Me doy cuenta, Lucilio, de que no solo me estoy corrigiendo. Me estoy transformando” (Cartas a Lucilio, 6, 1).
Por eso la pregunta “¿qué es el estoicismo?” tiene dos respuestas. La de examen, que acabas de leer en negrita. Y la que importa: el estoicismo es lo que haces el lunes a las nueve, cuando el correo de tu jefe sigue ahí.
Un naufragio, un librero y una olla de lentejas
Zenón nació en Citio, en la isla de Chipre, hacia el 334 a. C. Era comerciante, hijo de comerciante, y transportaba púrpura, el tinte más caro del Mediterráneo. Rondaba los treinta años cuando su barco naufragó cerca del Pireo, el puerto de Atenas, y lo perdió todo.
Lo que hizo después es lo que nos interesa. Subió a la ciudad y se sentó en la tienda de un librero. El librero leía en voz alta el segundo libro de los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte. Zenón quedó tan impresionado que preguntó dónde se podía encontrar a hombres así. En ese momento pasaba por la calle Crates, el filósofo cínico. El librero lo señaló con el dedo: “Sigue a ese” (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos ilustres, VII, 2-3).
Para entender lo que pasó después hay que hablar de los cínicos, porque sin ellos no habría estoicismo. Los cínicos eran los radicales de la filosofía griega. Su nombre viene de kyon, perro, porque vivían como perros: en la calle, sin casa, sin propiedades y sin vergüenza. Diógenes de Sinope, el más famoso, dormía en una tinaja, comía en público y paseaba de día con una lámpara encendida diciendo que buscaba un hombre. Cuando Alejandro Magno se plantó delante de él y le ofreció lo que quisiera, Diógenes le contestó: “Apártate, que me tapas el sol” (Diógenes Laercio, VI, 38). Crates, su discípulo, venía de una familia rica de Tebas y repartió su fortuna para vivir con lo puesto (VI, 87).

Los cínicos lo apostaban todo a una idea: la virtud basta para ser feliz, y casi todo lo que la sociedad valora (el dinero, la fama, las costumbres, el qué dirán) es humo. Los estoicos heredaron esa idea casi intacta. La diferencia es que supieron venderla. Si me permites la palabra, supieron monetizarla: convirtieron una provocación callejera en una escuela con método, alumnos, prestigio y futuro. Una filosofía que podía practicar un comerciante, un senador o un emperador sin tener que irse a vivir a una tinaja. El poeta Juvenal lo resumió con malicia siglos después: a los estoicos solo los separaba de los cínicos la túnica (Sátiras, XIII, 121-122).
Zenón aprendió de Crates lo primero que había que romperle a un comerciante rico: la vergüenza. Un día le dio una olla de sopa de lentejas y le mandó cruzar con ella el Cerámico, uno de los barrios más concurridos de Atenas.
Para entender el castigo hay que saber qué significaban las lentejas entonces. Hoy son un plato de cuchara más, saludable y hasta de moda. En la Atenas del siglo IV a. C., la sopa de lentejas era la comida de los pobres. En las comedias de la época, decir que alguien comía lentejas era decir que no tenía dónde caerse muerto. Era el equivalente a la sopa boba que repartían los conventos españoles. Imagina a un empresario conocido cruzando la Castellana a mediodía, con traje, cargado con la olla del comedor social.
Zenón, abochornado, intentaba esconderla. Crates le rompió la olla de un bastonazo y el caldo le chorreó por las piernas. Zenón echó a correr, y Crates le gritó: “¿Por qué huyes, fenicio? No te ha pasado nada terrible” (VII, 3).
Esa escena de comedia contiene el estoicismo entero. Las lentejas por las piernas son un hecho. La humillación es una opinión.
Años después, Zenón resumiría su vida con una broma: “Hice una buena travesía cuando naufragué” (VII, 4). Séneca recoge otra versión. Al enterarse de que lo había perdido todo, Zenón dijo: “La fortuna quiere que filosofe más ligero de equipaje” (Sobre la tranquilidad del ánimo, 14, 3).
Después de estudiar con Crates, con Estilpón de Mégara y en la Academia de Platón, empezó a enseñar por su cuenta. No eligió un jardín privado, como Epicuro, ni un gimnasio, como Aristóteles. Eligió un lugar público: la Stoa Poikile, el pórtico pintado del ágora, decorado con escenas de batallas. Un lugar con memoria, porque allí, en tiempos de los Treinta Tiranos, habían sido ejecutados unos mil cuatrocientos atenienses (VII, 5). Zenón daba sus lecciones paseando arriba y abajo. A sus seguidores al principio los llamaron zenonianos. Acabaron llamándolos por el sitio donde se reunían, los del pórtico: estoicos.
Me gusta pensar en eso. La escuela que más ha hablado de humildad no lleva el nombre de su fundador. Lleva el nombre de un porche.
Lo que el estoicismo no es
En el lenguaje de la calle, “estoico” es el que aguanta sin quejarse y sin sentir. Esa idea ha hecho mucho daño. Antes de seguir conviene despejar cuatro malentendidos.
No es dejar de sentir. El escritor Aulo Gelio cuenta que cruzaba el Adriático en barco junto a un filósofo estoico de cierto renombre. Se desató una tormenta terrible y el estoico se puso tan pálido como los demás. Un pasajero rico, un griego de Asia, se burló de él: tanto hablar de serenidad y mira cómo tiemblas. Pasado el peligro, Gelio le preguntó al filósofo qué había ocurrido. El estoico sacó de su bolsa el libro quinto de las Disertaciones de Epicteto y le leyó el pasaje. Ante algo terrible, también el sabio se estremece, palidece, se le encoge el estómago. Son movimientos involuntarios, más rápidos que la razón. Lo que el sabio no hace es dar su consentimiento a esa primera impresión: no la convierte en juicio, no concluye que le está ocurriendo un mal (Aulo Gelio, Noches áticas, XIX, 1).
Séneca llamaba a esto los primeros movimientos (Sobre la ira, II, 2-4). El estoico también siente el golpe de rabia cuando alguien se le cuela en la cola de la farmacia. La diferencia está en lo que hace en los tres segundos siguientes.
No es resignación. Aceptar lo que no depende de ti sirve para poner toda tu energía en lo que sí. Marco Aurelio escribió buena parte de sus Meditaciones en campamentos militares, mientras defendía la frontera del Danubio. No estaba tumbado mirando las nubes.
No es frialdad. Los estoicos hablaron de la amistad, del deber hacia los demás y de la comunidad de todos los seres humanos con una ternura que sorprende. Séneca le escribe a Lucilio como un hermano mayor. Marco Aurelio dedica el primer libro de sus Meditaciones entero a dar las gracias, una por una, a las personas de las que aprendió algo: a su abuelo, a su madre, a sus maestros, a su hermano. De veras que este punto es muy importante, porque el estoico se domina, pero se domina con máximo respeto por su prójimo y por todos aquellos que le importan. Cualquiera puede irritarse; por eso Marco Aurelio se pedía ser estricto con uno mismo y tolerante con los demás. Él lo escribió así: “Es ridículo no huir de tu propia maldad, que es posible, y querer huir de la de los demás, que es imposible” (Meditaciones, VII, 71). Y en otro pasaje: “Los hombres han nacido unos para otros. Así que enséñales o sopórtalos” (VIII, 59).
No es una moda de gurús. Tiene más de dos mil trescientos años y ha sobrevivido a imperios, religiones y modas mucho más ruidosas que Instagram. Lo que hoy circula en vídeos de quince segundos con música épica es, en el mejor de los casos, una caricatura. Una roca no tiene ningún mérito por no sentir nada. El estoico aspira a otra cosa: sentirlo todo y seguir siendo libre. Esto es importante, y por este motivo llevamos desde Diario Estoico, y yo personalmente, casi una década divulgando esta filosofía: porque muchas personas se quedan en un clip corto en lugar de hacer el esfuerzo de informarse e ir a las fuentes originales.
La idea central: lo que depende de ti y lo que no
El Manual de Epicteto empieza así: “De las cosas que existen, unas dependen de nosotros y otras no. Dependen de nosotros el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo; en una palabra, todo lo que es obra nuestra. No dependen de nosotros el cuerpo, los bienes, la reputación, los cargos; en una palabra, todo lo que no es obra nuestra” (Enquiridión, 1).
Es lo que hoy llamamos la dicotomía del control. Suena a obviedad hasta que la aplicas. No depende de ti que te den el ascenso; depende de ti preparar la reunión y hacer bien tu trabajo. No depende de ti que tu hijo apruebe; depende de ti cómo le acompañas mientras estudia. No depende de ti que te llamen después de la entrevista; depende de ti no pasarte la tarde refrescando el correo. Esto también les pasa a muchos opositores, que olvidan este principio cuando más bien les haría: no depende de ti cuántas plazas salgan ni qué tribunal te toque; depende de ti el temario que estudias hoy.
Cicerón usó una imagen que lo explica mejor que cualquier diagrama: la del arquero (Sobre los fines, III, 22). El arquero decide cuánto entrena, qué arco usa, cómo respira y cuándo suelta la flecha. Hasta ahí, todo es suyo. Una vez la flecha sale, una ráfaga de viento puede desviarla. Su objetivo es dar en el blanco, pero su bien es haber disparado lo mejor que sabía. Si pone su paz en el blanco, vivirá colgado del viento.

Epicteto sabía de lo que hablaba. Había nacido esclavo en Hierápolis, en la actual Turquía, hacia el año 50, y servía en Roma a Epafrodito, un liberto del entorno de Nerón. Era cojo. Celso, un autor del siglo II citado por Orígenes, cuenta cómo pudo ocurrir: su amo le retorcía la pierna por diversión y Epicteto, sin alterarse, le avisó: “Me la vas a romper”. Cuando se la rompió, se limitó a decir: “¿No te lo había dicho?” (Orígenes, Contra Celso, VII, 53). Puede que la anécdota sea leyenda. Lo que no es leyenda es lo que el propio Epicteto enseñaba: “Me encadenarás la pierna, pero mi voluntad no la vence ni Zeus” (Disertaciones, I, 1, 23).
Esa palabra, voluntad, traduce el griego prohairesis: la facultad de elegir, de juzgar, de dar o negar tu consentimiento. Para Epicteto es lo único que te pertenece de verdad. Todo lo demás, tu cuerpo incluido, lo tienes prestado.
Lógica, física y ética: el huevo de los estoicos
Los estoicos dividían la filosofía en tres partes: lógica, física y ética. Para explicar cómo encajaban usaban comparaciones muy de andar por casa. La filosofía es como un huerto: la lógica es la valla, la física es la tierra con sus árboles y la ética es el fruto. O como un huevo: la lógica es la cáscara, la ética la clara y la física la yema (Diógenes Laercio, VII, 40).

Dicho en cristiano:
- La lógica era mucho más que silogismos. Era la disciplina de no tragarte cualquier pensamiento que te pase por la cabeza y examinar cada impresión antes de darla por buena.
- La física era el estudio de la naturaleza. Entender que formas parte de un todo ordenado, que todo cambia y que nada te pertenece del todo. Zenón definió el fin de la vida como “vivir de acuerdo con la naturaleza” (VII, 87), y no se refería a irse al campo, sino a vivir de acuerdo con la razón que comparten el universo y el ser humano.
- La ética era el fruto: cómo actuar, cómo tratar a los demás, cómo ser buena persona aquí y ahora.
Hadot insistía en que estas tres partes no se aprendían una detrás de otra, como asignaturas. Se practicaban a la vez. Uno hacía física cuando miraba una tormenta y recordaba que forma parte del mismo orden que ella. Hacía lógica cuando, ante un insulto, se preguntaba qué había pasado exactamente, y de la misma forma hacía ética en cada conversación. Nuestra cultura está demasiado acostumbrada a departamentalizar, pero los sabios clásicos, y en este caso Hadot, nos recordaban que para aprender a vivir más nos valdría hacer caso al premio Nobel de Química Ilya Prigogine, que defendió que la realidad no se entiende por compartimentos estancos, sino como un todo en el que cada parte está conectada con las demás. Y aun así, nuestro sistema educativo actual todavía no lo ha integrado.
Las tres disciplinas de Epicteto
Epicteto convirtió esa división en un programa de entrenamiento. Decía que quien quiere llegar a ser bueno debe ejercitarse en tres campos (Disertaciones, III, 2, 1-5):
- La disciplina del deseo. Desear y rechazar solo lo que conviene. No poner el corazón en lo que no depende de ti, para no vivir frustrado ni asustado.
- La disciplina de la acción. Actuar con orden, con medida y al servicio de los demás, cumpliendo tus deberes como hijo, como padre, como ciudadano y como profesional.
- La disciplina del asentimiento. No dar por verdadero lo que no lo es. No comprar sin examinar las historias que te cuenta tu cabeza.

Te las explico con más calma en las disciplinas de Epicteto. Aquí quiero contarte por qué son tan importantes.
El gran hallazgo de Hadot fue descubrir que las Meditaciones de Marco Aurelio están construidas sobre estas tres disciplinas. Durante siglos se habían leído como el diario de un emperador cansado y pesimista. Hubo incluso historiadores que atribuyeron sus visiones del universo, en las que la vida humana parece una mota de polvo, al opio: su médico, Galeno, le preparaba la triaca, un remedio que llevaba adormidera. Hadot desmontó esa lectura en La ciudadela interior. Marco no estaba drogado ni deprimido. Tomaba la triaca con mesura, con moderación: el propio Galeno cuenta que, cuando notaba que le daba sueño, el emperador pedía que le quitaran la adormidera. Lo que hacía era otra cosa. Estaba haciendo ejercicios. Repetía por escrito, con sus propias palabras, los principios que había aprendido de Epicteto, para grabárselos por dentro. Es una práctica que los griegos llamaban hypomnemata, cuadernos de notas personales para releerse a uno mismo, y es de lo que fundamentalmente trata esta humilde web. Él mismo lo explica: “Los principios no pueden morir mientras no se apaguen las imágenes que les corresponden, y está en tu mano reavivarlas sin cesar” (Meditaciones, VII, 2).
Fíjate en lo que eso significa. El hombre más poderoso del mundo necesitaba recordarse cada noche lo que ya sabía. Tú y yo no vamos a necesitarlo menos.
Las cuatro virtudes del estoicismo
Para los estoicos solo hay un bien verdadero, la virtud, y la virtud tiene cuatro caras que heredaron de Sócrates y de Platón: sabiduría, justicia, coraje y templanza. Marco Aurelio las ponía por encima de cualquier otra cosa: “Si encuentras en la vida humana algo mejor que la justicia, la verdad, la templanza y el coraje, vuélvete hacia ello con toda tu alma” (Meditaciones, III, 6).
Sabiduría. Saber distinguir lo bueno, lo malo y lo indiferente. No es erudición, es criterio. Puedes haber leído a todos los estoicos y no tener ninguno.
Justicia. Es la virtud que más se olvida cuando se habla de estoicismo, y para Marco Aurelio era la principal. El estoico no vive encerrado en su paz interior; vive para los demás. Y conviene aclarar algo: cuando los estoicos hablan de justicia no se refieren a juzgar, ni a tribunales, ni a dar a cada uno su merecido, que es como mucha gente la entiende de forma básica. Hablan de coherencia: estar en armonía con la naturaleza, contigo mismo y con los demás. Según Estobeo, Zenón formuló el fin de la vida de la manera más simple posible: vivir de forma coherente (homologouménos zen). La coletilla “con la naturaleza” la añadieron sus sucesores (Antología, II, 7, 6a). Ser justo es que lo que piensas, lo que dices y lo que haces vayan en la misma dirección, y que esa dirección sea buena también para los que te rodean. Es la idea a la que dediqué El arte de la coherencia. Hierocles, un estoico del siglo II, lo explicaba con una imagen de círculos concéntricos. En el centro estás tú. Alrededor, tu familia; luego tus parientes, tus vecinos, tus conciudadanos, y en el círculo más amplio, la humanidad entera. El ejercicio consiste en ir estrechando los círculos: tratar al desconocido un poco más como a un primo y al primo un poco más como a un hermano (Estobeo, Antología, IV, 27, 23). Marco Aurelio lo resumía así: “Mi ciudad y mi patria, como Antonino, es Roma; como hombre, el mundo” (Meditaciones, VI, 44).

Coraje. Epicteto cuenta la historia de Paconio Agripino, un senador perseguido por Nerón. Alguien llegó corriendo a avisarle: “Te están juzgando en el Senado”. Agripino contestó: “Que salga bien. Pero es la hora quinta, la hora en que suelo hacer ejercicio y darme el baño frío. Vámonos”. A la vuelta le dijeron: “Te han condenado”. “¿A destierro o a muerte?” “A destierro.” “¿Y mis bienes?” “No te los quitan.” “Pues vámonos a Aricia y comemos allí” (Disertaciones, I, 1, 28-30). Y cuenta también la de Helvidio Prisco, que se negó a callarse en el Senado cuando el emperador Vespasiano lo amenazó de muerte: “¿Cuándo te he dicho yo que fuera inmortal? Tú harás lo tuyo y yo lo mío. Lo tuyo es matar; lo mío, morir sin temblar” (Disertaciones, I, 2, 19-21). Por algo se dice que el coraje es la única virtud que no se puede fingir.
Templanza. La medida. Saber cuánto es suficiente en la comida, en el trabajo, en el móvil y en las ganas de agradar. Cleantes, el sucesor de Zenón, había sido boxeador y llegó a Atenas con cuatro dracmas. De noche sacaba agua de los pozos para regar huertos y de día asistía a las clases. Los atenienses, extrañados de que alguien sin oficio conocido viviera con tanta dignidad, lo llamaron ante el tribunal para que explicara de qué vivía. Cleantes se presentó con dos testigos: el hortelano para el que sacaba agua y la mujer a la que ayudaba a moler harina. Dicen que los jueces, admirados, quisieron regalarle diez minas, y que Zenón no le dejó aceptarlas (Diógenes Laercio, VII, 168-169). Sus compañeros lo llamaban “el asno” por lento y por aguantar tanto. Él respondía que era el único capaz de cargar con el fardo de Zenón (VII, 170).
Dinero, salud y fama: los indiferentes
Si la virtud es el único bien, ¿qué pasa con el dinero, la salud o el éxito? Aquí los estoicos hicieron una distinción finísima. Esas cosas no son ni buenas ni malas: son indiferentes. Pero no todos los indiferentes valen lo mismo. Hay indiferentes preferidos, como la salud, un sueldo digno o una casa con calefacción, y es perfectamente razonable buscarlos. Lo que no es razonable es poner en ellos tu felicidad, ni venderte para conseguirlos.
Esta distinción es justo la frontera entre cínicos y estoicos. Para un cínico, todo lo externo daba igual y lo coherente era renunciar a ello. Diógenes llevaba un cuenco para beber hasta que vio a un niño beber agua con las manos. Tiró el cuenco y dijo: “Un niño me ha ganado en sencillez” (Diógenes Laercio, VI, 37). Hubo incluso un discípulo de Zenón, Aristón de Quíos, que quiso volver a esa pureza y negó que hubiera indiferentes preferibles. La escuela no le siguió.
Los estoicos aceptaron la idea central de los cínicos, que solo la virtud es un bien, pero le añadieron ese matiz: la salud, el dinero o una buena reputación no te hacen mejor persona, pero tampoco hace falta tirarlos a la basura. Puedes tenerlos, usarlos y cuidarlos, siempre que estés dispuesto a perderlos sin perderte tú. Con ese matiz, y dicho con todo el respeto, los estoicos monetizaron el cinismo. Lo convirtieron en una filosofía que podía practicar un banquero, un senador o un emperador sin tener que dormir en una tinaja. Por eso el estoicismo llegó al palacio de los Césares y el cinismo se quedó en la calle.
Séneca fue uno de los hombres más ricos de Roma y sus enemigos le echaron en cara la contradicción. Su respuesta todavía escuece: “En el sabio, las riquezas sirven; en el necio, mandan” (Sobre la vida feliz, 26, 1).
La prueba es sencilla. No te preguntes si te gusta el dinero. Pregúntate qué estarías dispuesto a hacer por él. Si la respuesta incluye callarte ante algo injusto, mentir a un cliente o perderte la infancia de tus hijos, el dinero ya no te sirve. Te manda.
¿Quiénes fueron los estoicos?
Los historiadores suelen dividir la escuela en tres etapas:
- Estoicismo antiguo (Atenas, siglos IV y III a. C.): Zenón, Cleantes y Crisipo. Construyen el sistema completo de lógica, física y ética. De sus obras apenas quedan fragmentos.
- Estoicismo medio (siglos II y I a. C.): Panecio de Rodas y Posidonio. Suavizan la doctrina y la llevan a Roma, donde la leen políticos como Escipión o Cicerón, que asistió a las clases de Posidonio en Rodas.
- Estoicismo romano o imperial (siglos I y II d. C.): Séneca, Musonio Rufo, Epicteto y Marco Aurelio. Es el estoicismo práctico que ha llegado hasta nosotros, el de las cartas, las lecciones y los cuadernos personales.

De los antiguos, el gran cerebro fue Crisipo. Escribió más de setecientos libros, y en Atenas se decía que “si no hubiera existido Crisipo, no existiría la Stoa” (VII, 183). Murió, según una de las versiones, de un ataque de risa: vio a un burro comiéndose sus higos y le dijo a la anciana que le servía que le diera al animal vino puro para bajarlos (VII, 185). No todo en el estoicismo es solemne.
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Pero si vas a conocer a tres estoicos, que sean estos.
Séneca (hacia el 4 a. C.-65 d. C.) nació en Córdoba. Fue abogado, senador, desterrado a Córcega durante ocho años, preceptor y consejero de Nerón y uno de los hombres más poderosos de su tiempo. Escribió sus Cartas a Lucilio al final de su vida, cuando ya se había apartado de la corte. En el año 65 Nerón le ordenó quitarse la vida. Tácito cuenta que, cuando le negaron hacer testamento, se volvió hacia sus amigos y les dijo que, ya que no podía agradecerles sus servicios, les dejaba lo único y lo más hermoso que tenía: la imagen de su vida (Anales, XV, 62). Tienes sus mejores frases en las 77 mejores citas de Séneca.

Epicteto (hacia 50-135) fue esclavo, estudió con el estoico Musonio Rufo y, ya libre, enseñó en Roma hasta que el emperador Domiciano expulsó a los filósofos de Italia, hacia el año 93. Se fue a Nicópolis, en la costa occidental de Grecia, y abrió una escuela a la que acudían jóvenes de todo el Imperio. Nunca escribió nada. Lo que conservamos son los apuntes de su alumno Arriano: las Disertaciones y el Manual. Su idea de la escuela no tenía nada de complaciente: “La escuela del filósofo es un hospital. No se sale de ella con placer, sino con dolor” (Disertaciones, III, 23, 30). Lo encontrarás en las 77 mejores citas de Epicteto.
Marco Aurelio (121-180) fue emperador de Roma durante diecinueve años, casi todos de guerra y de peste. Escribió en griego doce libros de notas para sí mismo, que no pensaba publicar, conocidos como Meditaciones, aunque el título que nos ha llegado es Para sí mismo. Al final del primer libro anotó dónde estaba: “En el país de los cuados, junto al Granua”, un afluente del Danubio. Se exigía cosas como esta: “Cuida de no volverte un César, de no teñirte de púrpura” (Meditaciones, VI, 30). El sofista Filóstrato cuenta que, ya mayor, Marco seguía yendo a clase con el filósofo Sexto de Queronea. Cuando le preguntaron adónde iba, respondió: “También para un viejo es bueno aprender. Voy a casa de Sexto a aprender lo que todavía no sé” (Vidas de los sofistas, II, 1). Sus frases están en las 77 mejores citas de Marco Aurelio.

No todo fueron hombres. Musonio Rufo, el maestro de Epicteto, dedicó una de sus lecciones a defender que las mujeres debían estudiar filosofía igual que los hombres (Disertaciones, III), algo insólito en el siglo I. Y en los círculos estoicos que se enfrentaron a los emperadores hubo mujeres como Fannia, hija de Trasea Peto y esposa de Helvidio Prisco, desterrada tres veces por no callar. Te hablo de ellas en mujeres estoicas en la Antigüedad.
Los ejercicios espirituales: cómo practicaban los estoicos
La teoría cabe en un folio. Lo difícil es lo de todos los días. Epicteto pedía a sus alumnos que estas ideas las tuvieran a mano, que las escribieran cada día y que se entrenaran en ellas (Disertaciones, I, 1, 25). Estos son los ejercicios que mejor conocemos.
Prosoche: la atención
Todo empieza aquí. Prosoche es la atención vigilante a lo que piensas, sientes y haces en cada momento. Epicteto avisaba de que la atención no se recupera cuando a uno le apetece: “Cuando aflojas la atención un rato, no te imagines que la recuperarás cuando quieras” (Disertaciones, IV, 12, 1). Es el ejercicio que permite todos los demás. Sin él, la dicotomía del control es una frase bonita que recuerdas dos horas después de haber gritado.
La preparación de la mañana
Marco Aurelio empezaba el día así: “Al amanecer, dite a ti mismo: hoy me encontraré con un entrometido, un desagradecido, un insolente, un tramposo, un envidioso y un egoísta” (Meditaciones, II, 1). Y seguía: ninguno de ellos puede dañarme, porque nadie puede arrastrarme a lo vergonzoso, y no puedo enfadarme con quien es de mi misma familia.
Pesimismo, dirá alguien. Yo lo llamo conocer el oficio. Si sabes que en la reunión de las diez el de siempre va a interrumpirte, ya no te pilla por sorpresa. Y lo que no te pilla por sorpresa pierde la mitad de su fuerza.
El examen de la noche
Séneca cuenta que aprendió de su maestro Sextio a hacerse cada noche una pregunta: ¿de qué defecto te has curado hoy, a qué vicio te has resistido, en qué eres mejor? Y describe su propia rutina: “Cuando se apaga la luz y mi mujer, que ya conoce mi costumbre, se queda en silencio, examino mi jornada entera y repaso lo que he hecho y dicho. No me oculto nada, no paso nada por alto” (Sobre la ira, III, 36).

Eso es llevar un diario. No para escribir lo que te ha pasado, sino para mirar cómo has respondido a lo que te ha pasado. Tres líneas bastan: qué hice bien, qué hice mal, qué haré distinto mañana. Te cuento cómo hacerlo en por qué tener un diario estoico. Si lo prefieres en vídeo, aquí tienes el arte de escribir un diario.
Ahora pocos se interesan por las marchas y contramarchas de los comandantes romanos. A lo que se han aferrado los siglos es al cuaderno de pensamientos de un hombre cuya vida real nos es en gran parte desconocida, y que anotó en la penumbra de la medianoche no los hechos del día ni los proyectos del mañana, sino algo de un interés mucho más duradero: los ideales y aspiraciones por los que vivía un espíritu poco común.
Brand Blanshard, sobre Marco Aurelio (Razón y bondad)

Praemeditatio malorum: ensayar lo peor
Séneca proponía ensayar mentalmente las desgracias antes de que llegaran: el destierro, la enfermedad, la guerra, el naufragio (Cartas a Lucilio, 91). No para amargarse, sino para quitarles el factor sorpresa, que es lo que más hiere. Y añadía algo que cualquiera que haya pasado una noche como la del correo del jefe reconocerá: “Son más las cosas que nos asustan que las que nos aplastan, y sufrimos más en la imaginación que en la realidad” (Cartas a Lucilio, 13, 4).
Hazlo antes de una conversación difícil, de una revisión médica o de una comida familiar tensa. Dos minutos. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Cómo respondería alguien a quien admiro? Lo tienes desarrollado en la praemeditatio malorum o visualización negativa y en qué es lo peor que puede pasar.
La mirada desde arriba
Es el ejercicio favorito de Hadot y uno de los más potentes de Marco Aurelio: “Contempla desde lo alto los innumerables rebaños, las innumerables ceremonias, las travesías de todo tipo en la tormenta o en la calma, la variedad de los que nacen, conviven y mueren” (Meditaciones, IX, 30).
Haz la prueba la próxima vez que estés a punto de pelearte por un sitio de aparcamiento. Sube con la imaginación diez metros. Luego cien. Luego diez mil. Mira tu coche, la ciudad, el país, el planeta girando con ocho mil millones de personas, cada una con su propio sitio de aparcamiento. Vuelve a bajar. Muchas veces ya no hay pelea.
Entrenar la incomodidad
Los estoicos entrenaban el carácter igual que un atleta entrena el cuerpo, y te lo cuento con detalle en cómo entrenaban los estoicos. Séneca recomendaba reservar algunos días al mes para vivir con muy poco: comida escasa y vulgar, ropa áspera. Y entonces preguntarse: “¿Era esto lo que tanto temía?” (Cartas a Lucilio, 18, 5-7). Quien ha elegido pasar frío alguna vez le tiene menos miedo al frío.

Hoy no hace falta vestirse con sacos. Una ducha fría, subir andando ocho pisos, un día sin móvil o una conversación que llevas meses aplazando. Algo pequeño, elegido por ti. Tienes un episodio sobre la incomodidad. Si quieres entrenar el autocontrol con un método, es exactamente lo que trabajamos en Enkrateia, mi programa de 77 días.
Memento mori
“No vivas como si fueras a vivir diez mil años. La muerte pende sobre ti. Mientras vives, mientras puedes, hazte bueno” (Marco Aurelio, Meditaciones, IV, 17).
Pensar en la muerte no es deprimente. Lo deprimente es vivir como si no fueras a morir, aplazando las llamadas, las disculpas y los proyectos para un “algún día” que no tiene fecha. Un coche puede saltarse un semáforo esta tarde. Eso es todo. Se acabó. Memento mori es la herramienta que convierte esa certeza en urgencia, y la desarrollo a fondo en memento mori en el estoicismo.
Vas a caer.
Vas a perder a tus padres.
Vas a perder a tus amigos.
Vas a perder a tu pareja.
Deja de creer que no vas a caer. Hoy, mañana, algún día, pronto.
Tertuliano cuenta que, en los desfiles triunfales de Roma, alguien iba detrás del general victorioso recordándole: “Mira detrás de ti. Recuerda que eres un hombre” (Apologético, 33).
Si quieres llevar ese recordatorio en el bolsillo, tienes la moneda Memento Mori en la tienda de Diario Estoico.
La muerte no hace que la vida carezca de sentido, sino que tiene un propósito, y afortunadamente, no tenemos que morir para aprovechar esto.
Pedro Vivar
Amor fati: querer lo que pasa
Cleantes escribió una oración con la que Epicteto cierra su Manual y que Séneca tradujo al latín. La versión de Séneca se ha quedado en una línea: “Al que quiere, el destino lo guía; al que no quiere, lo arrastra” (Cartas a Lucilio, 107, 11). Los estoicos lo explicaban con una imagen: un perro atado a un carro. Si el perro quiere ir, sigue al carro y va a gusto. Si no quiere, va igual, pero arrastrado (Hipólito, Refutación de todas las herejías, I, 21).
Epicteto lo dijo de la manera más difícil de cumplir: “No pretendas que las cosas ocurran como quieres. Quiere que ocurran como ocurren, y te irá bien” (Enquiridión, 8).
La expresión latina amor fati la popularizó Nietzsche siglos después, pero la actitud ya estaba aquí. Acuérdate de Zenón con las lentejas por las piernas y del barco en el fondo del mar. Lo que te pasa no siempre es bueno. Pero casi siempre es material de trabajo.
El estoicismo habla español
Hay una razón por la que en España decimos “tomárselo con filosofía”. Séneca era cordobés, y durante siglos fue para nosotros algo más que un autor: fue un modo de estar en el mundo.
En 1600 el humanista Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense, publicó en Salamanca una traducción del Manual de Epicteto. Unos años después, Francisco de Quevedo se carteaba con Justo Lipsio, el gran restaurador del estoicismo en Europa, y en 1635 publicó su propia versión del Manual en verso. Fue Quevedo quien escribió el soneto que mejor describe la relación de un lector con los estoicos:

Retirado en la paz de estos desiertos,
Francisco de Quevedo
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Y en 1897, Ángel Ganivet resumió en su Idearium español la enseñanza de Séneca en unas líneas que podrían colgarse en cualquier vestuario: no te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu, y piensa, en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino alrededor del cual giran los hechos mezquinos del diario vivir.
El estoicismo hoy: por qué sigue funcionando
El 9 de septiembre de 1965, el piloto estadounidense James Stockdale fue derribado sobre Vietnam del Norte. Mientras caía en paracaídas, según contó después, se dijo a sí mismo que abandonaba el mundo de la tecnología para entrar en el mundo de Epicteto. Pasó siete años y medio prisionero, buena parte de ellos aislado y sometido a torturas. Más tarde explicó que lo que había leído del Manual en la universidad fue lo que le mantuvo entero.
No hace falta llegar a eso. El estoicismo sigue vivo por una razón práctica: los problemas de siempre no han cambiado. Cambia el decorado. Antes era el destierro; hoy es un despido por videollamada. Antes era el foro; hoy son los comentarios de Instagram.
Buena parte de la psicología moderna ha bebido de aquí. Albert Ellis y Aaron Beck, padres de las terapias cognitivas, reconocieron su deuda con la frase de Epicteto con la que empieza este artículo: no nos perturban las cosas, sino nuestras opiniones sobre ellas. Lo cuento en estoicismo y terapia cognitivo-conductual.
Y conviene distinguirlo de sus vecinos:
- Con el epicureísmo comparte el objetivo de una vida serena, pero el epicúreo la busca evitando el dolor y apartándose de la política, y el estoico la busca actuando bien, duela o no, en medio de la ciudad. Lo comparo en estoicos y epicúreos.
- Con el cinismo comparte la raíz, porque Zenón aprendió de Crates, pero el estoico no desprecia las convenciones por sistema: las usa cuando sirven a la virtud.
- Con el budismo comparte la atención al presente y el desapego, pero no pide retirarse del mundo. Pide entrar en él: trabajar, votar, criar hijos y hacerlo con virtud. Te lo explico en diferencias entre estoicismo y budismo.
Cómo empezar a practicar el estoicismo esta semana
Ya sabes qué es el estoicismo. Ahora queda la parte que importa, que es hacerlo. No necesitas leer cinco libros antes de empezar. Necesitas un poco de orden y estructura; más práctica que teoría, diría Epicteto. Aquí tienes siete días:
- Lunes, dicotomía del control. Cada vez que algo te irrite, pregúntate en voz baja: “¿Esto depende de mí?”. Si no, suéltalo. Si sí, actúa.
- Martes, el examen de la noche. Antes de dormir, tres líneas: qué hice bien, qué hice mal, qué haré distinto mañana.
- Miércoles, la preparación de la mañana. Antes de salir de casa, dedica un minuto a pensar con quién te vas a cruzar hoy y cómo quieres responder si alguien te saca de quicio.
- Jueves, incomodidad. Ducha fría, escaleras en vez de ascensor o un día sin redes sociales. Algo pequeño que hayas elegido tú.
- Viernes, justicia. Haz algo por alguien que no pueda devolvértelo. Decirle a alguien una verdad incómoda con educación también cuenta: es coraje y justicia a la vez.
- Sábado, memento mori. Llama a alguien a quien quieres y llevas tiempo sin llamar. Sin motivo.
- Domingo, amor fati. Repasa la semana, elige lo peor que te pasó y escribe qué puedes sacar de ello.
Al final de la semana no serás Marco Aurelio. Pero sabrás, por tu propia experiencia y no por lo que hayas leído, qué es el estoicismo y para qué sirve.
Preguntas frecuentes sobre el estoicismo
¿El estoicismo es una religión?
No. Es una filosofía. Los estoicos hablaban de Zeus, del logos y de la naturaleza como un todo racional, y cada lector puede entender eso a su manera. Por eso lo han practicado creyentes, agnósticos y ateos. Los primeros cristianos admiraron tanto a Séneca que en el siglo IV circulaba una supuesta correspondencia entre él y san Pablo. Era falsa, pero dice mucho de su prestigio.
¿Un estoico puede llorar?
Sí. Séneca, al escribir sobre la muerte de un amigo, lo dejó claro: “Que no estén secos los ojos cuando perdemos a un amigo, pero que tampoco se desborden. Hay que llorar, no lamentarse a gritos” (Cartas a Lucilio, 63, 1).
¿Qué libro de estoicismo leo primero?
Lo ideal es recurrir a las fuentes originales, pero esto dependerá mucho de la base, los gustos y el nivel de cada persona. No obstante, yo empezaría por el Manual de Epicteto, porque se lee en una tarde y lo vas a releer toda la vida. Después, las Cartas a Lucilio de Séneca y las Meditaciones de Marco Aurelio. Si quieres entender cómo leerlos, La ciudadela interior de Pierre Hadot. Tienes mi selección completa en los mejores libros de estoicismo para empezar.
¿Cuánto se tarda en notar el cambio?
Epicteto respondió a esa pregunta con una higuera: “Nada grande nace de repente, ni siquiera el racimo de uvas o el higo. Si me dices que quieres un higo, te responderé que hace falta tiempo. Deja que primero florezca, después que dé fruto y después que madure” (Disertaciones, I, 15, 7). El estoicismo es una carrera de fondo.
Camino a la Autarquía
Marco Aurelio se escribió a sí mismo una orden que resume todo lo anterior: “No discutas más sobre cómo debe ser un hombre bueno. Sé uno” (Meditaciones, X, 16).
Si quieres que alguien te lo recuerde cuando se te olvide, apúntate a Camino a la Autarquía. En mis emails escribo sobre cómo aplicar todo esto a la vida real: el trabajo, la familia, el miedo y la disciplina.
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Desde luego no está de más recordarnos los pilares de la filosofía estoica. Buenísimo, sin más. Lo que más me gustado es la metáfora del arquero a al hora de hablar de la dicotomía de control. Enhorabuena!
DICOTOMÍA DEL CONTROL.-Es lo que me parece más interesante para practicar
LLEVAR UN DIARIO.- Me lo estoy planteando
ENTRENAR LA INCOMODIDAD.-Sinceramente creo que la vida ya me procura bastantes incomodidades
PRAEMEDITATIO MALORUM.-La visualización negativa no es para mí. Sufro de ansiedad anticipatoria
MEMENTO MORI.-Esto me recuerda el miércoles de ceniza del cristianismo -“recuerda hombre que polvo eres y en polvo te has de convertir”
AMOR FATI.-Es un concepto que llevo tiempo tratando de trabajar.
Y tengo una pregunta sobre una de las virtudes: Yo soy cobarde, como puede entrenar el coraje alguien que carece de él?
Tu no eres cobarde, más bien te comportas con cobardía.
Para poder mejorar tienes que darte cuenta que hay elección en tu comportamiento. Si consideras la cobardía parte de ti, no te darás nunca la opción de decidir.
Mirar la amenaza de cara, mantenerse el aquí y ahora y respirar.
En primer lugar no te etiquetes como cobarde, nadie nace cobarde ni se lleva en los genes. Sólo ve realizando pequeños actos de valentía cada vez. Ser valiente no es carecer de miedo, sino hacer las cosas con miedo. Una vez lo hagas de poco a poco, podrás ir haciendo cada vez cosas más grandes hasta que domines el miedo muy fácilmente y hasta que incluso llegues a dejar de sentirlo. Te lo dice un boxeador amateur y una persona que superó la cobardía en muchas facetas de su vida y sigue luchando por imponerse por sobre el miedo a otras cosas nuevas. Es decir, cuando dominas unos miedos, ya te resulta fácil dominarlos a esos miedos, pero cuando surge algo nuevo, le tenemos miedo a lo desconocido y entonces nos parece de nuevo imposible, pero podemos usar la previa experiencia que ya tenemos, recordar que pudimos superar otras cosas y de esta forma superar el nuevo reto que la vida nos presenta. No eres cobarde, simple y sencillamente todavía no descubres lo valiente que puedes llegar a ser. Confía en ti misma. Saludos.
Posdata: yo ahora mismo estoy por cambiar de país y me muero de miedo. Me invaden miedos, no solamente un miedo, el miedo a lo nuevo, a irme, sino muchos miedos, el miedo a fracasar en mi profesión, en lo mío, en no encontrar muchas cosas que busco, pero conociéndome, sé que todos esos miedos son solamente fantasmas que apoyan el miedo a lo desconocido, es todo, nuestra naturaleza siempre trata de mantenernos dentro de lo familiar aunque sea de lo peor y nos espere lo mejor. Espero haberte ayudado.
Tengo interés genuino de pertenecer a la comunidad Estoica, agradezco me agreguen a sus listas. Un abrazo!
Gracias
Entusiasmo provocado
Buenas,
Deseo pertenecer a esta comunidad. Gracias
Genial
Excelente
anota en tu diario 10 cosas que te dan miedo.
ese mismo día enfréntate a una de las 10 con una visión clara.
Asumiendo y aceptando la cobardía como algo que forma parte de tí y de la existencia , la cual te ha llevado , junto a un montón de cualidades, a lo que eres aquí y ahora . Amemos a nuestras carencias y complejos, defectos y fallos , así como queremos y aceptamos a nuestras cualidades, virtudes y aciertos. Todo , lo que deseamos y lo que aborrecemos, tiene un sentido y forma un todo unitario . Es una pérdida de tiempo y de energía no dar la bienvenida a todo , incluso a la cobardía más vil. Y la paradoja radica en que cuando te aceptas tal como eres, cuando te ves como una obra de arte labrada en el tiempo con sus circunstancias , aquella cobardía, carencia o complejo deja de tener el poder que tenía.
Muy bueno, esta muy bien explicado y se entiende a la perfección. Los sigo desde Instagram, es muy bueno lo que hacen, sigan asi un abrazo desde Argentina.
Me resulta muy atractivo el estoicismo.Deseo pertenecer a la comunidad estoica
Bueno articulo
ye me llamo sentayehu takele desalegne origen etiope profesion medicina posicion medico general entrenado en obstetricia y genecologia formado en cuba casi desde la primaria actualmente trabajador para banco de comercio de ethiopia ejerciendo mi profesion en la clinica del banco
empezamos
Me encantaría unirme a esta lista de emails. Gracias
Hola!
Como puedo unirme a los mails? Solo con enviar el comentario?
Gracias!
Un saludo.
yo ya me habia hecho estoico sin saber esa palabra gracias a los conocimientos de Lorean Russell, desde su libro Tu Iniciacion como Millonario, nada mas que ahi se expone una disciplina y entrenamiento esoterico mucho mas exigente, o sea no se trata solo de leer sobre frases estoicas y demas, o entender la cultura en si, sino que hay una practica en si, para lograr estos avances personales que se vuelven muy fuertes. Te regeneran la psique, la persona en si, los recomiendo mucho, les dejo los articulos donde desde su portal hablan del estoicismo, y que se complementan muy bien con la informacion que aqui aparece. https://loreanrussell.com/articulos/que-es-el-estoicismo/ y https://loreanrussell.com/articulos/como-ser-un-estoico/ saludos a todos los seguidores del estoicismo, me fascina que cada vez se expanda mas este tipo de informacion en la actualidad. Saludos y gracias por este espacio informativo de alto valor.